CUENTO DE MANOLITO, EL PERRO EXPLORADOR

« Érase que se era un pequeño perrito llamado Manolito, que creció y vivió en soledad pero que aún así supo defender con coraje las cosas buenas de su corazón.
Manolito era uno de esos perros exploradores, ciudadano del mundo. Llegaba a los sitios sin prejuicios, también sin preocupaciones. A nuestro perrito le encantaba este mundo, todo estaba bien desde su mirada inocente y fuese donde fuese siempre estaba conforme. Sin embargo, él intuía que algo se estaba perdiendo, que había algo más, algo muy bueno que aún no había conocido.
Siendo uno de esos perros exploradores, decidió olisquear el mundo entero, en busca de aquello que no alcanzaba a saber bien lo que era, pero que intuía que tenía que existir, y así se pasó tiempo, mucho tiempo. En esos largos años, Manolito luchó como el buen aventurero que era contra las adversidades y los miedos, que no consiguieron entrar en su corazón inocente, ni perturbar su mirada apacible. Una noche de lluvia y tormenta, mientras se afanaba en agazaparse en unos matorrales para pasar la noche, escuchó unos pasos y sintió un olor muy pero que muy rico. Nuestro perrito se quedó inmóvil, su sexto sentido le decía que algo importante estaba por ocurrir, y así fue. Tras el matorral, vio dos figuras que se acercaban a una vivienda que había en las proximidades; se trataba de las figuras de un humano y un perro que juntos se apresuraban por llegar a aquella casa. De repente, la lluvia se tornó muy intensa, y el humano se quitó el impermeable que llevaba puesto y se lo colocó encima al perro, para después cogerlo en brazos y salir corriendo cargando con él, en un intento desesperado para que no se mojara. Cuando se cerró la puerta de la casa, una luz se encendió a través de la ventana y Manolito vio cómo un humano secaba con una toalla al perro mientras le decía cosas cariñosas. Al cabo de un rato alguien le llevó al perro un cuenco lleno de comida calentita y una manta; después hubo más palabras cariñosas y a los pocos minutos se apagó la luz y se hizo el silencio. Fuera seguía lloviendo a cántaros, y nuestro Manolito, completamente empapado, se dio cuenta de que aquel olor tan rico que le llegara era el olor de una familia, el olor de la amistad. Por fin había descubierto cuál era aquella cosa, ese algo tan importante que le faltaba. Y con esa sensación de añoranza, se quedó dormido bajo la lluvia.
El nuevo día trajo nuevos pensamientos a Manolito. Estaba totalmente sorprendido al descubrir que era precisamente un humano el que podía darle aquello que le faltaba; hasta el momento, lo único que sabía de ellos es que lo mejor era no acercarse mucho porque gritaban, intentaban asustarlo y le tiraban piedras. “Así que debe de haber un tipo de humano distinto a lo que yo he conocido… ya sé qué es lo que tengo que hacer, ¡buscaré al que quiera secarme a mí con una toalla! ¡allá voy, rumbo a mi hogar!” Y así de decidido y contento reanudó su marcha nuestro perrito.

Los meses, los años, siguieron pasando, y mientras Manolito olisqueaba el suelo en busca de un rastro que le condujera a su hogar, sus largas orejas barrieron y barrieron todo lo feo y sucio de este mundo, que se fue depositando en ellas hasta convertirse en un lastre compañero del hambre y del frío. Pronto la indiferencia de los humanos que se encontraba por el camino fue depositándose en sus patitas incansables y en su lomo dorado, pero nuestro explorador seguía sin descanso buscando a su familia. Por las noches, cuando extenuado y hambriento se agazapaba en cualquier rincón, Manolito le decía a las cosas feas de sus orejas y sus patas -que ya a duras penas podían barrer más-, que no tenía miedo de ellas, que por él podían volverse tan largas como esas carreteras por las que él deambulaba; no conseguirían entrar en su corazón puesto que lo tenía reservado para su familia, y aunque sentía dolor, no iba a permitir que ese daño pudiese con él. Y así continuó por los caminos, nuestro explorador Manolito.
Pero un día, unos ojos apacibles se fijaron en él. La cosa fue sencilla: en una carretera un coche paró, se abrió una puerta, y Manolito, fiel a su gran intuición se encaramó al asiento del copiloto, miró a esos ojos tranquilos y dijo: “aquí estoy, ¿eres tú el que me va a secar con una toalla?”. Los ojos sonrieron y el coche arrancó. Esa noche Manolito comió comida de perro en un plato de perro y durmió en una cama preparada para un perro. “Por fin las cosas empiezan a ir bien”, pensó Manolito mientras se dirigía a su cama de la pata de ese humano de ojos apacibles. Esa noche, una sonrisa iluminó el hocico de Manolito.
Desde entonces varios pares de ojos humanos reconocen esa calma característica en la mirada de Manolito. Unos le dan de comer y le acomodan la cama, le llevan al veterinario y le curan la piel, y se afanan en que encuentre a su familia; otros le invitan a cocido el domingo y le dejan dormir en cama humana algunas noches. Manolito, confiado, se va con cualquiera que le sepa mirar, pues en todos cree y a todos quiere. De aquellas orejas que barrieron la inmundicia de la soledad más cruel, surgieron otras nuevas, unas orejitas doradas del cócker reluciente que nunca le dejaron ser. “Que nunca me dejaron ser por fuera, por dentro siempre conservé mi espíritu” apunta Manolito. Sí, sí, Manolito, no hace falta que lo digas; en tus ojitos, en tu bondad y calma, y en tu saber estar, se trasluce sin opacidades eso y mucho más.
Este cuento no tiene aún el final escrito “Bueno, pero ya estamos en la penúltima página”, afirma con su hociquito dorado. Claro que sí Manolito, sólo falta que otra mirada apacible se fije en la tuya hasta siempre jamás; y eso, no dentro de mucho sabemos que pasará, porque gracias a ti, por ser como eres, confiamos en que de este mundo feo surja la belleza de aquel que crea y necesite de la amistad incondicional de un animal. Y ese día por fin, Manolito, el perrito explorador del mundo, te convertirás en el explorador oficial de una familia, y explorarás siempre la misma cocina, el mismo pasillo, la misma mano humana y amiga que acaricie tus ojitos lindos, y escucharás una voz que te dirá: “gracias por haber resistido hasta encontrarme Manolito, gracias por haber traído la alegría a esta casa y el valor de la amistad”. »

APADRINADO POR JAVIER ACOSTA

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10.10.2011: MANOLITO, PERROS QUE SALEN DE LA NADA

Contacto: 690 000 226

ponteareasanimal@hotmail.com

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~ por ponteareasanimal en 23 noviembre 2011.

4 comentarios to “CUENTO DE MANOLITO, EL PERRO EXPLORADOR”

  1. uffff… quién ha escrito el cuento??? me ha emocionado… tengo lágrimas en los ojos… Mientras lo leía, pensaba en todos y cada uno de ellos… veo a Tony (Tonino) aquí a mi lado, que ya ha dejado de tener pesadillas y… Dios!! cuánto me gustaría tener mucho dinero para gastármelo en ellos, en construirles un palacio, en formar una gran familia…

  2. aqui la amiguita andrea, que sabe tocar algunas teclas…yo tb estoy con el moco colgando…

  3. Ño, ha sido Alejandra. A ella derechos de autora.

  4. Aiss la Andre y la Ale, como son! lo mejor de lo mejor. Afortunadita que soy

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